Buscar este blog

La terquedad de los niños: autonomía de los adultos


Espacio: Blogger invitado

¡Esta semana tenemos a una blogger invitada de lujo! Se trata de la psicóloga y terapeuta infantil y de familia Susana Albornoz di Filippo. 

Susana es mamá de Amaranta y Paloma, Doula certificada y diplomada en Educación prenatal, perinatal y postnatal de EMESFAO y la Universidad de la Sabana. Susana creó un taller de vínculo "Manitos y Cascabeles" para madres y padres de familia con bebés de 0 a 24 meses y brinda consulta privada. Puedes contactarla si necesitas asesorías en crianza, conferencias y talleres para padres de familia y niños. Tel: (0057) 321 2427888. E-mail: albornozs0902@gmail.com 

En este interesante artículo de Susana podrás conocer sus reflexiones cuando se juzga a los niños de "tercos" cuando simplemente están tomando sus propias decisiones. 

La terquedad de los niños: autonomía de los adultos

Al vivir el día a día lo que se podría llamar "la terquedad de mi hija Amaranta" a los dos años y medio, he recordado una conversación que tuve ya hace algunos años con un buen amigo sobre la autonomía y la capacidad de toma de decisión en los niños. Mi amigo, desde el paradigma del desarrollo moral y cognitivo propuesto por Piaget y Kohlberg, sostenía fervientemente que los niños no son autónomos y que no pueden tomar decisiones, tema exclusivo de los adultos, ni habiendo alcanzado la última etapa del desarrollo (pues según estos autores no siempre se logra). Yo por mi parte, sin teoría alguna sino más bien desde mi experiencia como terapeuta en el contacto con los niños y desde mi propia historia de vida, defendía la posición que los niños son autónomos y saben tomar decisiones, con la salvedad que la autonomía y la toma de decisiones van de acuerdo a la edad. Aunque, por doloroso y difícil que sea, algunos niños tienen que tomar decisiones complejas, sobre todo en situaciones familiares difíciles o de abandono emocional, lo cual no es por ningún motivo lo ideal.

Ahora con mi experiencia en la cotidianidad normal y esperada de los niños, tengo algunos ejemplos que me inspiran en este momento cuando escucho y observo a mi hija. 


Amaranta dice:

- "No quiero jugo mamá, quiero solo agüita". (Cuánto tardamos a veces los adultos en un restaurante para tomar esta decisión).
- "No mamá, manta yo sola". (Yo estoy tratando de ayudarle o de hacerle algo que veo que es difícil de hacer para ella).
- "No me gusta". (Escupe su comida)
- "No quiero pañal, sólo pantalón". (¿Alguien se atrevería a decir que ella está decidiendo controlare esfínteres desde su propia consciencia?)

Y así son algunas de nuestras conversaciones cuando "se pone terca”:

- "Amaranta ¿quieres comer postre?".
- "Sí mamá".
- "Entonces termina de comerte el almuerzo".
- "No quiero".
- "Bueno, si no comes  te quedas sin postre".
-  "Bueno".
Amaranta se levanta levanta de la mesa y se va.

Las primeras veces que me pasó esto y el estímulo (negociación o chantaje) no me funcionó, me sorprendí bastante. Una situación parecida me sucedió una vez con la lavada de los dientes. Amaranta estaba muy feliz con la Navidad y le emocionaba mucho recibir regalos, así que una noche mi esposo y yo desesperados, tratando hacer de todo para que se dejara  lavar los dientes, le dijimos que si se los lavaba Papá Noel le traería un regalo. Al comienzo lo pensó pero después, para nuestra sorpresa, se fue ¡sin dejarse lavar los dientes!.  A pesar de saber cual sería la consecuencia, prefirió no hacer lo que nosotros le pedimos y escogió quedarse sin algo que tanto le gustaba. 

Muchos dirán: ¡Pero cómo, a esa edad ella no entiende que lavarse los dientes es por su bien, o comerse la comida, o esas cosas que los padres debemos procurar para la salud y bienestar de nuestros hijos! Y en parte tienen razón. Lo que resalto es observar en estas situaciones la capacidad que una pequeña de dos años para decir no y decidir, a pesar de las consecuencias en un contexto adecuado para su edad.

Naturalmente, como sucede a esta edad, cada vez que trato de pasar por encima de su “no” o de su “sí” (porque también tenemos de estas situaciones cuando quiere algo y no se lo doy o no le entiendo), termina en llanto. Con el llanto, lo primero que llega a mi cabeza es una voz de juicio, que se parece a la voz de algunos familiares y conocidos, que me dice: “qué caprichosa es tu niña”, “qué consentida” o “¿tu hija es como terca, no?”

Y digo firmemente: ¡No! No es caprichosa, ni malcriada, ni terca. Está haciendo ejercicio de su autonomía, de su capacidad para decidir; está ejerciendo su derecho a poner límites; en últimas, está haciendo uso de su libertad. Cuando un adulto dice “No”, pone límites, pide lo que quiere y toma una decisión (así sea la equivocada, como lo es el no lavarse los dientes); es una persona autónoma y responsable. ¿Por qué entonces cuando los niños lo hacen se les tilda de tercos, caprichosos, o malcriados?

Esta "terquedad" en mi hija hoy me da la tranquilidad de saber que en un futuro será capaz de decirle "No" a eventualidadess como la presión de grupo o a las drogas, incluso le ayudará a evitar y a defenderse de situaciones de abuso. Mañana esta "terquedad" la llevará a cumplir sus metas y a alcanzar sus sueños, así todo parezca decirle que no en el momento. Mientras yo le diga "No" o "Si" oportunamente y yo aprenda a respetar su "No" y su "Si", ella se hará respetar y aprenderá a respetar a los demás.

Mi tarea es acompañar a Amaranta en su autonomía para que cada día ella pueda tomar mejores decisiones, aceptarla y aceptar que ella a lo largo de su vida, al igual que lo he hecho yo, tomará sus propias decisiones, así yo no esté de acuerdo con muchas de ellas. Mi tarea es respetarla y aprender de ella, porque para mí muchas veces es difícil tomar decisiones. Veo a mi hija llorar intensamente porque quiere algo que no le doy y también aprendo de ella. Y admiro la claridad que tiene sobre lo que quiere y lo que no.