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Pequeñas e invisibles agresiones hacia nuestros hijos




Espacio: Blogger invitado


alt=”Me siento mala mamá"
¡Hoy tenemos como blogger invitada a la psicóloga y terapeuta infantil y de familia Susana Albornoz di Filippo. 

Susana es mamá de Amaranta y Paloma, Doula certificada y  diplomada en Educación prenatal, perinatal y postnatal de EMESFAO y la Universidad de la Sabana. Susana creó un taller de vínculo "Manitos y Cascabeles" para madres y padres de familia con bebés de 0 a 24 meses y brinda consulta privada. Puedes contactarla si necesitas asesorías en crianza, conferencias y talleres para padres de familia y niños. Tel: (0057) 321 2427888. E-mail: albornozs0902@gmail.com 



Por Susana Albornoz
Corrección de estilo: Valeria Calderón, educadora certificada

Llevo muchos días pensando en un tema que me está inquietando desde que entré a esta maravillosa fase de post parto. Y me he encontrado con mi sombra: las pequeñas e invisibles agresiones hacia mi hija.

Desde que Paloma nació y no obstante el gran amor y todo mi esfuerzo, he perdido la paciencia con mi hija mayor Amaranta, traducida en mi incapacidad de contenerla, acompañarla y sostenerla cada vez que estamos las tres juntas. Sus ritmos me desesperan, quisiera que hiciera todo más rápido y sin tener que repetírselo dos o cinco veces; quisiera que se quedara tranquila sentada a la mesa, que se vistiera y que se lavara los dientes sola, que no se enfermara, ¡que no me necesitara tanto!

Me extraño a mi misma en este período como mamá de Amaranta, esa mamá paciente, cuidadosa y respetuosa, capaz de inventar juegos para lograr que organice sus juguetes, esa mamá alegre que canta y baila sin cansarse, la que tiene suficientes manos y cuerpo para contenerla, mimarla y alzarla. Esa madre tan capaz de ser mamá. Esa mamá que en este período de la vida ya no está, y para mi sorpresa y desconcierto, la reemplaza una nueva madre, no solo porque lo soy ahora de Paloma, sino porque también soy una nueva mamá de Amaranta: cansada, desesperada, incapaz…

Violenta no porque la golpee o me la pase gritándole o diciéndole cosas feas, ¡no lo haría nunca! Pero han comenzado a salir a la luz pequeñas agresiones que nadie quiere nombrar: me habla y no la escucho; se pone rebelde y yo la rechazo de una sutil manera; quiere brazos y le digo que no porque estoy atendiendo a su hermana; no me encuentro disponible incluso desde la mirada. Me doy cuenta de los pequeños abandonos cuando le tengo que repetir algo o me voy del cuarto con rabia; cuando la presiono para que haga todo rápido y ojalá sola. Y no lo haría nunca en la realidad pero en mi fantasía le doy unas cuantas palmadas, o la dejo sola “a ver si aprende”. Y me duele en el alma, porque hasta el momento nunca había tenido pensamientos de ese tipo.

Si bien el post parto, mis hormonas, mi cansancio, mi incapacidad; mi sensación de asfixia y hacinamiento corporal, porque ya ni siquiera tengo una mano libre (Paloma en un brazo y Amaranta en el otro) son los disparadores de mis emociones, quiero ahondar más de dónde más sale esta violencia que siento en mis entrañas.

Y sigo descubriendo. Me doy cuenta que soy la niña herida maternando a mi hija. Y se me presentan imágenes de mi infancia. ¿Quién reconocería que ha sido maltratado o violentado si nunca le han pegado? Mucho menos si tiene la idea de que nunca nada le ha faltado porque tuvo techo y comida. Son pequeñas agresiones invisibles que posiblemente yo también pude haber sentido; la falta de mirada: cuando miré y  no encontré otros ojos; cuando se me impuso la exigencia de crecer sin que me fueran respetados mis ritmos, “¡vístete rápido!”, “¡baja las escaleras rápido!”, “¡no corras!”; cuando se minimizaron mis miedos o mis sentimientos de rabia: “eso no fue nada”; cuando pude haber recibido amenazas y castigos: “si no te portas bien te quedas en el cuarto”; o expectativas exageradas... Y los secretos, aquello que nunca se nombra en las familias pero que todos saben y que de niño ves y no entiendes, sin dejar de mencionar la falta de presencia, una agresión frecuente y menos obvia como la incapacidad de estar ahí y contener.

Creo que educar para la paz (por aquello de que la paz comienza desde casa), solo es posible cuando somos capaces de reconocer y aceptar las pequeñas y grandes agresiones de ayer y de hoy, las obvias y las invisibles, porque especialmente podrían activarse en nosotros las de ayer con nuestros hijos. La palabra maltrato, la agresión, son difíciles de nombrar, aceptar y reconocer. Son tabú, porque si decimos que agredimos, seremos juzgados y tildados de maltratadores, malos padres de familia, incluso escoria humana, o ¿qué piensan ustedes de la violencia llevada al extremo de un padre que le pega a sus hijos? Es tabú también porque nuestros padres no reconocen que nos agredieron, si lo llegaron a hacer. ¿Que hacemos entonces para no agredir cuando muchas veces justificamos el maltrato, (que no tiene permiso alguno) castigando, apurando, etc.?

El maltrato no es desamor; amo a mi hija, aunque he manifestado con ella pequeñas agresiones. Y reconozco que mis padres me aman y me amaron, aunque también me maltrataron. Lo que si tengo claro, es que el maltrato encuadrado por pequeñas, grandes o invisibles violencias no debe justificarse jamás, a pesar de ser parte de la vida de todos, a pesar de que nos consideremos buenos padres.

Estas palabras completan el ejercicio de nombrar lo innombrable, como escribe la psicóloga Ana María Constain, “para que ya no ocupe tanto espacio, para que ya no haga tanto ruido, para que no obstaculice nuestra esencia, para que pueda fluir el amor.”

Un “sana que sana” para todos nuestros niños interiores heridos que juegan hoy a ser papás.


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