¿Somos limpios?

Los hábitos de higiene, muy útiles y saludables en el día a día, nos brindan bienestar y en ocasiones se convierten en una muestra de consideración a quienes conviven con nosotros, a otros usuarios y a los que limpian.


Alt="Bañar a un bebé"

Desde niños somos criados con hábitos para conservar la salud y prevenir enfermedades. Estos hábitos son enseñados por lo general por nuestras madres y luego son transmitidos a nuestros hijos independientemente de nuestra condición económica, aunque en ellos influyen las costumbres locales y el entorno cultural. 
Hay lugares en los que la gente se baña una e incluso dos veces al día y otros en los que bañarse una vez por semana es lo usual. Hay personas limpias y personas que no lo son tanto. Por doquier vemos gente que anda descalza y con los pies sucios, gente que vive rascándose la cabeza, hurgándose la nariz y sacándose la mugre de las uñas y de los dientes en frente de los demás. Y encontramos a los extremadamente limpios, que además de lavarse las manos a cada rato, se aguantan con tal de no entrar a un baño público, no dan la mano, no abren manijas ni tocan barandas o andan por la vida con tapaboca y desinfectantes antibacteriales.
Hay muchas normas de higiene en todo sitio. En los lugares de trabajo hay carteles en los baños invitando a los empleados a lavarse las manos después del uso. En los baños públicos carteles pidiendo disponer de residuos en los lugares que corresponde para no tapar los baños; sugiriendo dejar el lugar en buen estado. Con agrado me he encontrado en el baño de aviones normas de cortesía muy detalladas que invitan a secar el lavamanos y limpiar con pañitos el inodoro después de su uso, norma que cumplimos la mayoría de viajeros durante el vuelo. Y no es para menos, porque he visto que además de la poca higiene en los baños de los aviones, a veces hay que aguantar el penetrante mal olor de los compañeros de asiento o el de las comidas que transportan en el avión.
En algunos hoteles es un gusto encontrar elementos de aseo necesarios, en particular para viajeros como yo, que hasta jabón y suavizante de ropa llevamos para lavar algunas prendas que no queremos repetir o para aquellos que hasta evitamos andar descalzos (temo a los hongos de baños y habitaciones de hoteles). Es grato encontrar sábanas y almohadas finas y limpias y tantos artículos para el confort e higiene como paños húmedos, cepillo y crema de dientes acompañados de seda dental, peines, delicados jabones en barra y gel de baño, crema para el cuerpo, champú y acondicionador; paños para abrillantar los zapatos y calzadores; limas, algodones, bolsas grandes y pequeñas para desechar o guardar; secador, plancha, estuche de costura y alpargatas de seda o en tela de toalla para caminar por la habitación. Todo dispuesto y pensado para la comodidad de los huéspedes y… el aseo. Aunque pasa que  la placidez del limpio y perfumado ambiente se esfuma con un paseo en metro en el que el desagradable olor a sudor de algunos pasajeros que tal vez, acostumbrados a sus propios humores, no notan que les hace falta desodorante.
Una vez viajé a un congreso en una universidad en la que los dormitorios estudiantiles estaban dispuestos para quienes veníamos de otros países. La sala de estar comunal tenía una cocina equipada limpia y muy bonita y utilicé la nevera para refrigerar la fruta y el yogur de mi desayuno. Al volver a la mañana siguiente, ¡el lugar estaba transformado! comida desparramada, sartenes aceitosas sin lavar y platos desechables usados tirados en cualquier lugar menos en la basura. ¡Y casi ni encuentro mis víveres! Los autores de semejante desorden eran personas con bebés que asistían al congreso (que bien podían limpiar, porque llevaban a sus bebés en portabebés con las manos libres). La encargada del aseo del edificio estudiantil (no del aseo de la sala de estar) les reclamaba enojada diciendo que los universitarios son más limpios que ellos y que deberían estar inculcando buenos hábitos a sus pequeños.
Y hablando de pequeños, es sabido que su ropa no dura limpia mucho tiempo y que es bueno permitirles que se ensucien todo lo quieran conociendo texturas, alimentos, jugando en la arena, en un parque, en fin, descubriendo el mundo. Ser limpio no tiene nada que ver con permitirles ensuciarse (y permitirse ensuciarse). Para eso existen los jabones y los detergentes.
Limpieza y comodidad tienen mucho en común, sobre todo en el baño: Es confortable encontrar papel (no sobra tener un estuche de papel en la cartera), comprobar que si nos pusimos jabón en las manos antes de abrir la llave del agua,  salga un chorro por pequeño que sea; bañarse en una ducha y que el agua no termine cubriendo nuestros pies porque no drena por causa de pelos y cabellos estancados (que tampoco deberían verse en ninguna parte del baño) y que cuando bajemos la cisterna, baje también el contenido completamente y en una sola descarga. 
Ni que decir de encontrar la taza limpia sin líquidos corporales ni ver que han depositado desechos no cubiertos en la basura de un baño. 
Da gusto que seamos considerados y dejemos el baño limpio al utilizarlo, que sequemos el agua de la duchan que quede en el piso al terminar, que abramos una ventanita para que los malos olores se vayan y que envolvamos cuidadosamente los elementos que ya hemos utilizado durante nuestros días (u otros días) y los depositemos discretamente en la basura, o en una basura lejana como cuando se trata de pañales desechables sucios.

Actos tan simples como limpiar si ensuciamos y secar si mojamos, lavarnos las manos antes de comer, al ir al baño y al limpiar a nuestros pequeños contribuyen la buena salud. Así como también encontrar y dejar una mesa limpia, retirar la loza al terminar y desde luego lavarla es provechoso. Sacar la basura, pasar una escoba, pasar un trapo, lavar la ropa...
Y no es necesario gastar nuestro sueldo en un equipo de limpieza, mucho menos cuando tenemos pequeños, ni estar todos los días como si acabáramos de salir del salón de belleza (ni ir al salón de belleza). No es necesario gastar fortunas en ropa o permanecer durante todo el día comiendo chicle o perejil para tener aliento fresco, ni que los demás perciban nuestro perfume a varios kilómetros a la redonda.
Independientemente de algo de desorden o que haya días en que no queremos ni bañarnos, si por lo general aseamos nuestro lugar de vivienda o de trabajo (o pedimos ayuda si no podemos hacerlo); si tenemos el cuerpo, las uñas y el cabello limpios así los adornemos de todos los colores, y si nuestra ropa está limpia y planchada por más modesta que sea, reflejaremos pulcritud y seguro nos sentiremos bien, nos veremos bien y estaremos cómodos.

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