Los pantalones ya cierran de nuevo; la herida en el alma aún no. Duelo.


"Estoy bien, haciendo otras cosas, pensando en otras cosas. Pero de un momento a otro me acuerdo de todo lo que pasó. Mis ojos, que hace un tiempo vertían interminables lágrimas, ya no sacan tantas. Ahora apenas se me aguan los ojos. Será porque mi corazón está más tranquilo. Será porque tal vez lo estoy superando. Seguramente va llegar un momento en que recuerde todo y mis ojos, por donde ha salido todo este dolor, porque ni palabras tengo, no se mojen y tan solo solo cambien su expresión. Tal vez a una de tristeza, o de nostalgia. Si no ocurre, no importa. Será la manera que tengo de manejarlo". Lorenzo.


Alt="Perdida perinatal"


Muchos de los procesos parentales hablan del nacer, de la vida, de la luz, la ilusión y la esperanza. No todos, porque a veces aparecen los tintes oscuros y traen sombras. Por ejemplo, cuando de la nada aumenta la familia cuando el hecho de ampliarla no estaba en los planes, ni se deseaba.

Hay otro tipo de oscuridad, la que nadie desea pero de la que no todos se escapan y es cuando hay una pérdida. La lobreguez es latente o manifiesta, porque nadie quiere nunca un duelo, se trate de un bebé en camino, así la pérdida sea por voluntad propia. O se trate de un hijo o de alguien que se considera como tal, tenga la edad que tenga. Porque el duelo no es de uno solo; no solo una persona ha perdido a un hijo.

El tiempo a veces no colabora. A veces aparece como una esperanza para que los matices de esa oscuridad puedan ir aclarándose con su pasar. No lo hace a la velocidad de la luz, como cuando aquella oscuridad la está esperando; como se querría.

Pero algún día esos matices se aclaran. El tiempo en su función salvadora se encargará de asignar lugares a los pensamientos, a los sentimientos y a cada emoción. El tiempo hará volver a la luz, y será cuando la oscuridad se equilibre y se relegue a su función nostálgica. Y ya cuente poco.

Así como poco cuenta el tiempo cuando la intensidad de esa oscuridad en la que todo se ve negro, no depende del momento en que se apaga aquella luz, aquella ilusión y esa esperanza. Porque es doloroso perder a un bebé en cualquier momento. No importa que hayan pasado tan solo unos días desde aquella prueba que anunciaba la noticia, o si fue durante las semanas, sean tempranas o ya recorridas, en que había un ser que se estaba formando adentro; con un bebé ya nacido o con un niño o un adulto, tenga la edad que tenga. El tiempo aquí no vale. Y las tinieblas son tinieblas.

Surgen vacíos como los de no tener idea de si mejor buscar algún sentido o razones para explicarse lo ocurrido. Y en caso de buscarlos saber cuáles serían, porque enfrentar el dolor para algunos supone una intelectualización en la que tal vez hay explicaciones para minimizarlo, por ejemplo de la ciencia como cuando concluyen que la naturaleza es sabia y se encarga de resolver lo que no es viable, o que se trataba de un saco vacío y no había nada adentro. También en la ley, buscando explicaciones que definan el momento en que se es persona. O en la historia, cuestionando cómo es posible que si han bajado las tasas de mortalidad y con tanto avance que hay y en este siglo, por qué se normaliza algo que ya ha dejado de ser normal.

Estos procesos suponen para otros culpas, por no haber podido hacer más; porque supuestamente el cuerpo no dio y por otros porqués que no dejan cerrar heridas, más sí pantalones. Están además quienes lo cuentan y quieren poner de presente un tema del que parece no se habla mucho, pero que sucede mucho. Y quienes no lo cuentan, porque no saben o no quieren expresar su dolor.

Cada cual encuentra su manera para elaborarlo.

Tampoco hay respuestas siempre. Y surgen preguntas sobre cómo seguir viviendo; cómo calmar una impotencia que está encerrada en el pecho, del cual además puede estar goteando un alimento de vida que nunca más podrá ser recibido por quien supuestamente lo esperaba.

Surgen maneras de sanar. Por ejemplo si es mejor ponerle nombre si no lo tiene, despedirse, hacer algún ritual o guardar algún recuerdo, parecido a como algunos suelen hacer con ese mapa mental en el momento en que hay un ser presente dentro del cuerpo de alguien, como presente en la mente de los cercanos. Que fantasean, que se imaginan... 

Un ser que probablemente ya tenía un rostro y que tal vez se hacía notar con pataditas cuando todavía no se había asomado a la vida en brazos.

Esa falta de respuestas y también de palabras, porque no hay ninguna expresión que se pueda utilizar para representar a alguien que ha perdido a un hijo, también incluye el no saber en quién confiar o cómo reaccionar ante personas ajenas que están ahí por razones en las que no media la autonomía de la voluntad de quien ve que su propia vida le duele. Personas que comparten algún momento de la vivencia exclusivamente por su función, y hasta les parece tan del día a día, que ni cuidado tienen para explicar, para hablar, para poner la compasión en el lugar que le corresponde.

Puede ser tanta la incertidumbre que probablemente no se sepa cómo pedir ayuda así en el fondo se quiera pedirla a gritos. Tal vez venga como una ayuda por parte de un grupo de personas que en conjunto comparten la experiencia con otros que pasan momentos similares. O venga de una asistencia profesional y especializado. También de cualquiera que tenga las intenciones de ayudar pero no lo haga del modo esperado o se sienta ignorante frente a la persona que sufre. Porque así se trate de un proceso que se vive individualmente, una situación tan personal y tan solitaria, suele haber apoyo de los demás, no muchas veces bienvenido pero que tal vez funciona. Porque tan solo puede bastar gente alrededor mostrando su disposición con un bien apreciado "estoy aquí", una expresión de afecto, de solidaridad y un sencillo pero poderoso "lo siento".

¿Quién dice que no se puede callar, llorar, enfadarse, gritar y hasta sentir enloquecerse? ¿quién dice que hay que negar y que ese amor inmenso por alguien que no pudo ser, tiene que ser minimizado o reemplazado con oportunidades nuevas que no sabemos si vendrán o no se quiere que vengan? ¿quién mide la intensidad de una experiencia que suele ser devastadora o mide el tiempo de lo que debe durar un duelo? ¿quién explica que no es irreal, que es algo que se está viviendo, que no es un mal sueño ni una pesadilla que dura lo que dura un sueño?

Que las heridas del alma se cierren. Y que el tiempo no sea implacable. Que aparezcan las mejores respuestas.

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