Las culpas de la maternidad


Si conversas con gente que tiene bebés, el tema de la culpa a veces sale a flote. Parece que es un estado inherente a los procesos parentales desde el momento cero. Puede ser como una piedrita en el zapato y molestar ahí, de a poquito. De repente puede que se presente como un sentimiento fuerte que merma cualquier capacidad de experimentar de modo distinto, de pensar y de ejecutar. Y a lo mejor la culpa apenas pase por ahí y la sabes espantar.


Esta sensación es como si algo que se hizo debió haberse hecho de otra manera o no hacerse. Algo que pasó debió ser diferente. Si me preguntas qué causa ese sentimiento en el mundo de los bebés, no terminaría esta historia. Por poner algunos ejemplos, podría decirte que porque el bebé llora mucho y no hay forma de calmarlo. Por dar teta o por no darla. Por querer darle lo mejor a ese crío y dejar de sentirte útil profesionalmente. Por tener un bebé y otro en camino y no poder darle el cien por ciento al primero. Por no querer estar con el bebé o quererlo y no compartirlo con nadie. Por ir a un cine después de mucho tiempo sin salir y sentirte mal por haberte recreado sin tu bebé cerca. Por ver a todos saliendo y disfrutando menos tú porque te quedas. Por no pedir ayuda pensando en que eres autosuficiente y puedes con todo; o por pedirla. Por sentir que te abandonas. Porque te gana el sueño y el desayuno de tu hijo termina siendo una banana porque no tienes fuerzas de más. Por querer dar más y no poder o no saber cómo. Por no tener un embarazo o un parto como el imaginado. Por haber callado lo que tenías que decir; o por no haberlo callado. Por hacerle y por no hacerle caso a alguien. Porque tienes que volver al trabajo y el sistema no te compensa con tiempo ni buenas condiciones con todo el esfuerzo que implica criar a la gente buena del futuro y no quieres dejar al bebé, pero necesitas dejarlo. O porque si te quieres ir a trabajar. Por querer dormir y no estar con nadie. Porque quisieras salir corriendo o tirar gente pequeña por la ventana. Por ir en un atasco vehicular con tu bebé llorando de hambre pidiendo alimento y no tener cómo estacionar para atenderlo. Por no saber cómo controlar una pataleta, tuya, o del pequeño.

Algunos de los que viven la culpa a flor de piel, por lo general, frente a la atención de los menesteres del bebé, perciben minimizadas lo que consideran sus habilidades de cuidar. Se sienten culpables porque tal vez debieron hacer otra cosa para que funcione. O se comparan sintiendo que otra persona lo haría mejor. El problema es que le pasa a muchos y sería muy raro que tanta gente lo hiciera tan mal. Esos muchos probablemente ni se imaginaban que los bebés podían tener tantas necesidades, dormir diferente, pedir alimento con frecuencia y querer estar en brazos todo el tiempo. Al fin y al cabo antes de tener hijos no es que estemos viendo bebés todo el día, ni mucho menos cuidándolos. Así tengamos aquello del instinto. Nadie nos educa en perspectiva sobre los cambios que operan cuando llega un bebé. Y así alguien nos lo diga, nadie está preparado para ello. Es como una sorpresa.

Se trata entonces de sentimientos ambivalentes y naturales. A veces simplemente es que no sabes cómo hacer que todo funcione. Esto de la culpa también suele aparecer además justo cuando quieres poner al bebé un poco aparte para dedicarte a otros o para dedicarte a ti. De repente además es muy posible que no te reconozcas en tu nuevo papel. Tal vez en otras actividades de la vida sientas todo el control, actúes con rapidez, conocimiento, con eficacia y de forma impecable. Pero en éstas justo no. O así te lo crees, porque dime si no actúas rápidamente cuando sientes que algo le pasa al bebé… Los pequeños expresan lo que necesitan así no hablen.

Lo bueno es que ese sentimiento que en algunos ronda, no dura eternamente. Aunque pensándolo bien, no tenemos ni idea qué vaya a pasar cuando sean grandes y venga la sombra a preguntarnos qué hicimos mal.

Hay algo que puede funcionarte si te metiste en el papel de la culpa. Tal vez te imaginaste un ideal de madre, de padre o de cuidador. Cuando aterrizas en la realidad de lo que eres y de lo que tienes, acaso te das cuenta que eres real, con características propias pero muy parecidas a las de otros seres humanos con bebés a quienes les pasa lo mismo. Y nadie lo hará mejor que tú o que ellos. Además aprendes del bebé. Aprendes de ti.

Tal vez sirva saber que a veces puedes equivocarte o hacer que no todo salga perfecto, pero igual va a ser de utilidad, así sea un poquito. Apuesto que lo haces sin dejar atrás el profundo amor que seguramente tienes por el bebé.

No siempre todo resulta como queremos. No todo lo que pensamos ahora se resuelve igual en otro momento. Y no siempre todo lo que queremos es lo que el bebé necesita. Y así, de pronto te das cuenta que empiezas a actuar sin que se te genere culpa; la dejas pasar… Posiblemente cambias la estrategia si sabes que la avalancha va a venir. Comprender además que hay tiempos duros, pero seguramente temporales es un aliciente; no en vano algunos bebés tienen después hermanitos.

Si lo ves en perspectiva, te darás cuenta que más adelante no te creerás el cuento de que lo haces mal, que debiste hacer algo diferente, que no hiciste mucho o que los demás lo hacen mejor. Haces lo que puedes de acuerdo con tus capacidades, con tus condiciones, con tus recursos y con tu madurez. Y si lo aceptas como viene, porque no siempre es viable dar lo mismo ni de la misma forma, verás que es factible pasar la página y seguir.

Si pensaras que estás fuera de lugar, imagina que te invito a otro planeta. El planeta de los bebés. Las culpas como que no deberían encajar mucho en ese espacio porque se trata de un lugar diferente. Allí viaja poca gente cada vez, el bebé, tú; tal vez tu núcleo. Y suelen llegar de a pocos; pero siempre hay visitantes. Fuera de ese planeta de los bebés la gente viene y va de sus ocupaciones, de sus estudios y de sus actividades. Aquí no es que se salga tanto. Afuera hay tiempos, salvo que nos agarre el famoso atasco vehicular, esta vez sin bebé; hay más tiempo en el café, una clase o la vida laboral. Aquí el trabajo no para y es casi el mismo al principio; parece la repetición de la repetidera el tema de alimentar, pipí, popó, pañal, dormir... y otra vez. Fuera de casa los trabajos o estudios tienen horarios, así se excedan a veces; pero son valorados y remunerados; hay ascensos, logros y calificaciones. Aquí no hay valoraciones; a veces hasta no sabes si lo hiciste bien. Y si de pronto te muestras vulnerable o te autocalificas, puedes tener jueces muy severos. Uno de ellos tú. Y si hay palabras de felicitación a veces se reciben como una palmadita en la espalda, pero igual valen. Puedes darte aplausos tú por pequeños logros, como lograr ir a bañarte sin interrupción, por ejemplo.

Si crees que al final del día no hiciste nada, y eso te genera remordimiento, recuerda que estás cuidando, protegiendo, conteniendo y abrazando. Imagina que por ahora estás de visita en otro planeta. Ese mismo del que te contaba, en el que (crees que) haces lo mismo todos los días, aunque sintiendo muchísimo amor. Si piensas que no has alcanzado grandes logros, créeme que ya has llegado muy lejos trayendo vida o cuidándola. A tu propia manera. Sino mira al bebé.

Si la sientes, manda a volar a la culpa, que ella no debe arruinar tus decisiones que serán las mejores para ti y para el bebé.

Ya vendrán otros momentos. Sin culpas. Ya te integrarás de nuevo a la otra parte del mundo.
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