SEAMOS LAS MADRES QUE SOMOS

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¿Qué pasa si no estás gozando a plenitud de la maternidad, estás en conflicto con ella, no quieres ser madre o siéndolo necesitas buscar otros caminos además de dedicarte en exclusiva a tus hijos? ¿Tienes sentimientos ambivalentes porque no logras realizarte como mujer, profesional y como madre al mismo tiempo? ¿no puedes conciliar roles? 

O todo lo contrario, ¿disfrutas a plenitud de la maternidad y quieres dejar total o parcialmente tu profesión? o ¿eres de aquellas que además de criar uno o siete hijos trabajas en tu carrera? ¿eres mamá y no trabajas?

¡Nada de eso importa!

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No interesa para nada cómo eres como mamá. Ni es importante si los crías sola, con la ayuda de tu pareja, tu familia o con el apoyo de un séquito de sirvientes.

No merece la pena reflexionar si durante varios años no sales sola, en pareja o con tus amigos por no querer dejar a tus hijos, o por el contrario te los llevas a todos lados metidos en su portabebés o sales sin ellos seguido o solo de vez en cuando.

No tiene mayor relevancia que seas una mujer que da el pecho a libre demanda; que lo hagas estando con tu bebé todo el tiempo o a lo mejor que lo hagas extrayéndote la leche en el trabajo para mantener la producción y dejársela al día siguiente. Menos si no das el pecho por completo por decisión propia o por algún obstáculo que no hayas superado por falta de información y ayuda.

Tampoco es significativo que duermas con tu bebé durante toda la noche o parte de ésta o que por el contrario te las arregles para poder dormir separada sin dejarlo llorar o sin que corra ningún peligro.

No interesa que uses pañales de tela o pañales desechables. Y que más da que uses un fular de tela o un cochecito, o ambos. Ni tampoco que hagas la ropa y los muñecos de tus hijos o que los compres en lujosas boutiques o establecimientos del común.

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¡No importa! ¿porqué?

No significa nada que ofrezcas a tu familia los alimentos que más se acerquen a su estado natural, que seas vegetariana, vegana o macrobiótica. O que comas carne, pollo y pescado. Menos que consumas comida chatarra, pidas domicilios o vayas a lujosos restaurantes. Y no es de gran envergadura que compres productos ecológicos o de los comerciales o procesados; que cocines toda, parte o ninguna de la comida que comen tu familia y tú, ni tampoco que revises de arriba abajo la lista de los alimentos envasados; o no lo hagas.

Y no importa que críes en casa o los mandes a la guardería o al colegio.

No vas a perder tus derechos, derechos tanto de hombres como de mujeres. Tampoco tu identidad como persona. Los cargos que dejes de ocupar, si no puedes o no deseas trabajar, no necesariamente van a terminar ocupados por hombres.

No por quedarte en casa criando debes renunciar a tu desarrollo profesional, personal o intelectual, (ni que hacerlo fuera el imperativo para ser la mejor madre). No serás mejor o peor por realizar labores de hogar sin recibir pago o por trabajar en un campo remunerado a tiempo parcial, o de día y de noche. No tienes tampoco que disfrutar de tu papel de madre, dejar de salir, ni dejar tu profesión.

No existen ni existirán modelos de crianza que te impongan nada que no quieras hacer. Tus hijos van a crecer; ni bien ni mal criados, ni bien ni mal educados. No vas a ganar ni perder tu esencia por hacer, por no hacer; seas de las que sigue su instinto, de las que sigue un blog de maternidad y crianza, de las que participe o siga páginas que se buscan espacios para aprender, desahogarse o liberarse del tema “mamá”.

Puedes dar teta, lavar pañales eco, ser una mamá que trabaja en casa y también realizar otras actividades que le exijan a tu intelecto. Aunque, ¿quién dijo que criar no te hace mover el aparato de pensar?

Es viable sacar el tiempo para conectarte con lo que sucede en el planeta, tomar tiempo para ti, descansar, estudiar y leer, a la par que te dedicas a la crianza de la manera en que te dediques a la crianza. Las madres criamos legítimamente a nuestra manera y por lo general tenemos capacidad para educar, además de ese sexto sentido que a nuestro "género" se le atribuye alegremente (como si el instinto fuera algo propio de mujeres y no de humanos).

No es un tema de teta y fórmula; de dormir o no con los hijos; de pañales de tela o desechables; de lo ecológico y natural o lo que no lo es. Ni se trata de que te asusten porque vas a perder tu capacidad de raciocinio dependiendo del lado en el que estés o la tendencia que sigas, porque no hay lados.

No importa que te rías de tus intentos de ser buena madre o de gritar que eres "mala madre" para criticar a quienes te buscan perfecta en tu papel. No hay modelos de maternidad excluyentes; no hay “madres Susanita, cataplasma, helicóptero, gallinas, tigresas, lobas...”. Porque podemos ser todas esas y no serlo; o ser alguna o todas por momentos y porque siempre podemos cambiar de opinión.

Tus únicos límites son aquellos donde empiezan los derechos de quien estás criando. Sus derechos, aquellos donde es importante hacer valer, porque ellos mismos no pueden defenderlos fácilmente. Aquellos como no hacerlos llorar con métodos violentos como los que se usan para que aprendan a dormir o ir al baño llorando, o pegándoles. Aquellos que cuando tu misma los defiendes, te dicen que eres tú la que estás juzgando y criticando a otras madres.

Y si crees que “criar en el apego”, “la crianza con amor”, la "crianza positiva" o como le quieran llamar, es una corriente o moda; tal vez te sirva saber que el apego es simplemente un instinto que se presenta en los humanos; y saber que cuando somos más las que manifestamos ese amor de madre, que nace y se ejerce con el alma y con toda la fuerza del corazón sin que se nos encasille con calificativos previos a la palabra “madre” o a la palabra "crianza", muy posiblemente se valorará más nuestra contribución en educar mujeres y hombres de bien, seres humanos ojalá íntegros, que hagan del mundo un lugar mejor. Valorar, no atacar ni juzgar. Mucho menos si somos mujeres contra mujeres. Tampoco los hombres, ni la familia, los amigos, los extraños o la sociedad entera.

Tienes derecho a ser tomada en cuenta, a tener espacios propios y compartidos, y no tienes que ser la “super mujer” ni la “super mamá”.

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Somos tan valiosas las mujeres, que necesitamos que se nos apoye y valore en cada uno de los papeles que llevemos a cabo en nuestras vidas, sin perjuicio de la manera en que las organizamos. Lo verdaderamente natural es ser madre, independientemente de las escuelas, métodos, títulos, libros, bloggers (incluyéndome a mi), escritoras de artículos (como yo) y gente que quiera explicarnos lo terribles que seremos si nos quedamos en casa o si damos teta o no lo hacemos. E independientemente de lo que digan las que están en guerra con lo que llaman la “crianza artificial” y viceversa; sin perjuicio de que seamos grandes intelectuales sirviendo al planeta o grandes pensadoras en lo que a programar el menú infantil se refiere; seamos madres profesionales o trabajadoras y salgamos de casa a ganarnos el sustento (o como manera de excusarnos de las labores del hogar); seamos de las que nos guste la naturaleza y la ecología; el porteo o el cochecito; o seamos de las que nos da lo mismo si la ropa es de linos, tules o algodones orgánicos.

Simplemente SEAMOS LAS MADRES QUE SOMOS, que tanta cosa que se escribe sobre nosotras; tanto impacto cultural y social en el modo de conducirnos; tanta injerencia y juzgamiento sobre lo que debemos hacer o no hacer, se convierten en una fastidiosa cortina de humo que nubla la obviedad de lo inevitable: somos las madres que somos y criamos de la mejor manera que creemos posible. Eso si, respetando los derechos de los demás.

Al fin y al cabo, como un hecho propio de la condición humana, nos vamos a equivocar. ¡Ah! y los padres también.
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